mujer con ruana en un camino con el paisaje de Boyacá al fondo
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Juanita García: Priah

Juanita García es una de esas personas que, desde el momento en que habla la primera palabra, me genera una sensación de paz y alegría que no puedo explicar. Tal vez sea por esa espiritualidad que ha encontrado en su proceso de creación y desarrollo de su marca, Priah. Tal vez sea porque es naturalmente una de esas líderes silenciosas con un increíble potencial de cambiar el mundo, como Mohandas Gandhi y Muhammad Yunus, a quienes tanto admira. Tal vez porque el proceso de desarrollo de Priah le ha generado ese orgullo y esa tranquilidad que siempre resultan de una labor bien hecha, del amor, la dedicación y la pasión. A través de Priah, Juanita ha logrado empezar a concebirse como diseñadora, al mismo tiempo que nos hace replantear ese mito del diseñador «genio»: ella se rehusa a pensar en su marca como el producto único de su creación e insiste en la importancia del trabajo colectivo con las tejedoras que crean sus prendas. Priah también se ha convertido en la manifestación de las realidades materiales, ambientales, históricas y culturales de Boyacá, en donde han crecido sus creadoras. En esta entrevista, Juanita nos cuenta sobre el proceso de desarrollo de la marca, sobre la importancia del talento artesanal y la inspiración en lo local y sobre la necesidad de resignificar los paradigmas del emprendimiento social.

Fotografía de Camilo Martínez/Devorah Goldd. Cortesía de Priah.

¿Cómo nació Priah?

La versión de Priah que conocemos ahorita es la 3.0. Ha sido el resultado de un largo proceso de fracasos y de aprender a reinventarme con cada uno de ellos. Y ha sido un resultado con el cual estoy muy contenta.

Priah comenzó con la intención de darle visibilidad a las mujeres de mi región, de Boyacá, que hacen oficios cotidianos como tejer y bordar. Aquí todos crecimos con la imagen de la abuela que cosía para levantar a su familia. La mía era una de esas abuelas y ha sido una de mis más grandes influencias.

Yo no soy diseñadora de profesión; tengo formación en finanzas y ciencia política y me apasiona el emprendimiento social. Quería tener un proyecto que impactara la vida de otras personas. No sabía por dónde empezar pero nunca pensé tampoco terminar en el tema de la moda. Me llamaba más la atención el tema de las mujeres, del empoderamiento y mejorar su calidad de vida. Lo de la moda fue una casualidad. Me vine a vivir a Sogamoso por un periodo de tiempo a acompañar a mi mamá, que estaba recuperándose de un cáncer. Viví durante esa época con mi abuela y la veía tejer sus manteles con sus amigas y quejarse de que no les pagaban bien; a duras penas recogían lo de la materia prima. Y yo estaba buscando esa oportunidad de hacer algo útil para la sociedad.

Ella misma me sugirió ayudarles a vender manteles. Yo inicialmente rechacé la idea pero ella misma me dio una banda más delgada para inventarme algo más con eso. Entonces le pedí a una tía que me hiciera una falda con eso y me gustó. Sabía que me iba a quedar un año en Sogamoso entonces empecé a trabajar con las mujeres de la fundación de las amigas mi abuela. Y les dije que las iba a ayudar a vender sus productos.

Ahí fue cuando empecé a buscar en Boyacá y me encontré con una región bastante afectada por la globalización. Lo tradicional —las ruanas, estos tejidos— no se estaban vendiendo. Veía —veo, todavía— un mercado de gorros de lana sintética peruanos y ecuatorianos. Y me empezó a mover la realidad de la religión.

Fotografía de Victoria Holguin. Cortesía de Priah.

Sogamoso tenía una tradición indígena fuerte; aquí quedaba el Templo del Sol al que venían los Muiscas en peregrinación. Ellos intercambiaban tejidos por oro y la tradición es larguísima. Ya no tejemos con las mismas tradiciones que los indígenas pero todavía sobrevive la relación entre el trabajo de la tierra y el trabajo manual. Todas las mujeres de la fundación recuerdan haber sido criadas en el campo y aprender a tejer con sus madres y abuelas. Muchas veces no tenían las agujas pero se las arreglaban para usar otros materiales, como partes de las bicicletas. Y mientras cuidaban las ovejas, tejían sus sacos y ruanas.

Así fue que decidí rescatar la técnica de croché de la abuela. Se llama la técnica de sombra y con ella se puede dibujar lo que uno quiera con el tejido. En las revistas viejas de las abuelas (tan viejas que nos tocaba usar tapabocas para verlas) se ven motivos muy europeos, con flores y pájaros. Pero yo quería darle una «sazón colombiana» y específica de nuestra región. Entonces me fui al Museo Muisca precolombino y empiezo a ver una cantidad de motivos geométricos que ellos tallaban en los torteros con los que hilaban —y todavía hilan— la lana. Los cargaban además con ellos como un recordatorio de cómo debían purificar sus pensamientos, sus emociones y su palabra para ser mejores seres humanos.

Esta simbología es tan hermosa, tan elegante, tan sofisticada. Es sutil y minimalista, perfecta para la visión que tenía de Priah. Entonces empecé a minimizar y a repetir estos motivos para crear diagramas para las piezas de croché. La idea era hacer piezas más rápidas que un mantel para que las tejedoras puedan tener ingresos más frecuentes. Así surgió la idea de hacer prendas de ropa con aplicaciones en croché: se las podía vender a mis amigas. Fue algo muy orgánico.

Pero también fue la terapia familiar mientras mi mamá pasaba por sus quimioterapias. En mi familia todos cosen y ella siempre cosía para tranquilizarse. Entonces coser se volvió nuestro apoyo durante el proceso de recuperación de su salud. Las señoras de la fundación tejían los apliques en croché, yo diagramaba y diseñaba y mi mamá cosía las prendas finales.

Fotografía de Camilo Martínez/Devorah Goldd. Cortesía de Priah.

La inspiración nunca fue moda. Nunca estuve interesada en marcas de lujo ni en ver cuáles fueron las últimas colecciones. Nunca en mi vida. La idea era generar un proyecto de vida para estas mujeres y mostrarles que ellas son muy talentosas; que lo que hacen sí vale; que es sólo cuestión de darles un cambio en la forma en que diseñan para que tenga más salida comercial. Y contar realmente la historia y resaltar los valores que en medio de nuestra cotidianidad olvidamos lo valiosos que son.

Como no tenía ni idea de diseñar en ese momento, comencé a hacer cosas muy básicas. Nada con patrones ni con curvas. Mi madre tenía mucha sensibilidad en los dedos entonces también queríamos hacer algo que realmente le sirviera de terapia y que no tuviera que estresarse por eso.

De ahí viene ese minimalismo de Priah. Estuve tentada a seguir las tendencias por ejemplo de los boleros pero, en realidad, para mí era más importante buscar lo simple y responder a nuestras necesidades inmediatas. Comencé a venderle a mis amigas, a mis hermanas, a mis primas… Y ahí encontré una historia muy linda. Estas mujeres ahora están fascinadas con lo que están haciendo.

Ahí también empecé con la búsqueda de mejorar el concepto. Si tu ves las primeras imágenes son muy diferentes. Trabajábamos con lo que teníamos aquí disponible. Pero el proceso ha sido muy bonito. Priah ha tenido que tener paciencia conmigo mientras yo aprendo en el proceso.

Fotografía de Andrés Oyuela. Cortesía de Priah.

En nuestra primera conversación me contaste que tu proceso con Priah ha sido también una búsqueda constante de mentores. ¿Quiénes han sido estos mentores?

En mi búsqueda para mejorar el concepto de Priah empecé a encontrarme con mentores muy importantes, que realmente me han ayudado a replantear todo el proyecto. Hasta ese momento había sido como un hobby; no lo veía como un trabajo. Pero me encontré con personas como Devorah Goldd, que hace set design para moda. Ella estudió conmigo toda la vida desde Boyacá. Le vio el potencial a esto y empezó presentarme a personas que trabajan en el mundo de la moda, como este fotógrafo que admiro muchísimo, Andrés Oyuela. Él empieza a decir cosas como «wow, me gusta la historia. Algún día quiero hacer algo con Boyacá y empezar a contar una historia diferente». Y cuando empiezo a ver que personas como ellos dos le ven potencial a Priah, yo también empiezo a verle más el potencial y a pensar realmente en el proyecto que quería crear. Empiezo a cuestionar si esto nacía como una empresa.

Entonces me reuní con Néstor García, un diseñador gráfico, también boyacense, que trabaja en Barcelona con una empresa que se llama Diferente. Siempre he tenido claro que nuestro producto puede venderse vender en Colombia pero que todo el tema artesanal y el know-how [el saber que viene ligado a su creación] lo valoran mucho afuera. Por el tema de precios, quería vender afuera. Por eso siempre quise tener una visión externa. Entonces con Diferente empezamos a ver y a inspirarnos en nuestra región: en la naturaleza, en los valores de la cultura, en los pueblos, en bajarle el ritmo a la vida, en disfrutar de lo básico, en cómo cosas tan rústicas y tan auténticas pueden ser tan lujosas a la vez. Se trata de resaltar este orgullo local en medio de la globalización. Y así empezamos a crear a Priah. Yo también empecé a viajar y a visitar almacenes en los que soñaba con vender, hablando con las vendedoras y tratando de sacarles algo de retroalimentación sobre mis productos. Y preguntando. Creo que parte de la ventaja de no ser parte de este mundo de la moda es que soy más propensa a preguntar porque sé que no sé mucho pero aún así quiero rodearme de los mejores. Todo este proceso ha sido uno de ensayo y error.

tejidos y boceto de diseño
Fotografía de Victoria Holguin. Cortesía de Priah.

Andrés Oyuela me presentó a Silvia Andrade, una diseñadora que admiro muchísimo. Y le pedí que fuera mi mentora, que me enseñara a producir una colección. Entonces nos empezamos a reunir una vez a la semana durante seis meses, en los cuales empiezo a aprender qué es un moodboard, cómo se inspira el diseño, cómo se saca una historia. Ella me hizo empezar dibujar, algo que nunca había hecho en mi vida. Y desde mis mismas inseguridades, empecé a aferrarme más fuertemente al minimalismo: si no puedo producir algo tan complejo, me voy a quedar en lo simple. Entonces seguí con esta línea de figuras en línea recta. Y ahí nació la primera colección de Priah, que realmente es la única que tenemos en este momento. Con Silvia montamos la colección y Andrés nos tomó unas fotos muy especiales para nosotras en Boyacá, con una visión que me permitió ver el potencial que tenía Priah a través del lente de él. Fue una comunicación más sutil, más elegante, más auténtica. Muy boyacense en los colores y en la tierra. Y así empiezo yo a identificar lo que ya entiendo pero me doy cuenta que necesito aprender de calidad, de materiales…

Ahí fue cuando llegó a mi vida Jérémie Tessier, que es un modelista francés que lleva viviendo 4 años en Colombia. Él tuvo la oportunidad de trabajar con casas de alta costura en París y tiene un conocimiento impecable de la calidad. Él se enamoró de Priah y me ofreció trabajar con él durante un año, en el cuál íbamos a revisar toda la colección y yo lo iba a apoyar en proyectos con clientes de él. Así empezamos a aprender de calidad, de terminados, de telas… y este funcionamiento de la sostenibilidad y de aferrarme cada vez más a estas figuras de líneas rectas y minimalistas en donde se hace un buen uso de la materia prima, de las telas. Empezamos también a investigar sobre la sostenibilidad en las mismas telas: conocimos el Tencel, las fibras naturales. A mejorar la calidad de nuestros hilos. A investigar más. Y ahí nace el concepto de Priah que están viendo actualmente.

Fotografía de Javier García. Cortesía de Priah.

Ya nos contaste un poco de la influencia de tu abuela y las mujeres tejedoras de Sogamoso. ¿Puedes identificar algunas otras influencias en tu proceso con Priah?

En este momento, mis influencias no son en moda. El concepto fue muy orgánico. Fue una casualidad; Priah me buscó.

Pero el concepto de empresa que yo quería sí se basó en proyectos como la Grameen Foundation, que es una empresa social que apoya a empresas sociales, liderada por el Profesor Muhammad Yunus, premio Nobel de la Paz. Y este tipo de empresas me fascina: ver la sostenibilidad, ver el planteamiento a largo plazo, ver cómo miden el impacto a la población. Porque muchas veces uno por querer apoyar se dedica a donar y a dar un apoyo que alivia la necesidad en el corto plazo pero que en el largo plazo va a generar una dependencia. Entonces el impacto no termina siendo tan positivo.

Mi pregunta era cómo formar una empresa que en los tres ejes —social, ambiental y económico— pudiera ser equilibrada. Ha sido un proceso: todavía seguimos aprendiendo y nos falta muchísimo. Pero esta influencia me inspiró a crear lo mejor de mí para sentarme a hablar y trabajar con las tejedoras: a enseñarles a cobrar para que puedan vivir de esto, para que entiendan el valor de su tiempo, para que sean conscientes con el trabajo de sus materiales… y así crear nuestro propio modelo de cómo cobrar y cómo pagarles. Les empezamos a dar acceso de materiales de alta calidad. Hoy en día me enorgullece decir que estamos empezando a trabajar con hilos de cachemir reciclado, algo completamente opuesto al poliéster de mala calidad que encontrábamos aquí en Sogamoso. Todos estos son pequeños valores agregados que hacen la diferencia.

Y en últimas, se trató de empezar a pensar el tipo de impacto que queremos empezar a crear; el tipo de mensaje, desde la comunicación: ¿Queremos ser las artesanas vulnerables, que necesitan de la ayuda del cliente para sobrevivir? ¿O queremos ser las mujeres muy duras y muy profesionales en lo que hacemos? Mujeres que, como todas, somos vulnerable. Pero sin resaltarlo. Y más bien centrarnos en su arte y en el orgullo por rescatar estas técnicas que hoy ya nadie quiere hacer. Así empezamos a buscar talento más joven para enseñarles; ahorita la más joven tiene 35 años y se ha pulido con nosotras y de la mano de nuestras tejedoras maestras, que tienen más de 70 años. Ha sido un proyecto hermoso.

La influencia de Boyacá y de vivir con valores muy diferentes a los de una ciudad grande también ha sido muy grande. Y la de mirar lo valioso de la cotidianidad y no pretender resaltar los momentos extraordinarios que pasan de vez en cuando. Es en lo ordinario en donde realmente está lo extraordinario y ese es el lujo de Priah. Son los valores de lo cotidiano.

Fotografía de Andrés Oyuela. Cortesía de Priah.

¿Cuál/cuándo fue tu primera colección? ¿Qué es lo que más recuerdas de ella? ¿Cuál fue el mayor reto? ¿Y lo más gratificante?

Nuestra primera colección se llama «Ruana». ¿Por qué? Es el objeto que le va a durar toda la vida al campesino. De pronto la heredó de alguien pero es su prenda estrella. No está pegada al cuerpo; tiene líneas muy definidas. Está hecha de los elementos de la naturaleza, de los colores de las ovejas. Y es muy Boyacá: colores neutros, equilibro con el paisaje, con los cultivos. Decidí llamar a la colección «Ruana» por esta razón y para resaltar los valores de sostenibilidad: hacer prendas que duren por mucho tiempo, de colores atemporales, sin entallar el cuerpo.

El mayor reto fue diseñar la colección sin saber nada al respecto. Ahí entró Silvia Andrade a ayudarnos. Esto ha sido un aprendizaje muy largo y por eso nos hemos demorado tanto en lanzarlo. «Ruana» existe desde el 2017 pero ha sido un tema de pulirla durante años. La mostré al público 2 años después, a comienzos del 2019. Queríamos aprender con las tejedoras y lograr un proceso de profesionalización y de aprender a tejer para los modelos específicos, adaptando la tensión de los tejidos y aprendiendo a lavar el algodón para encogerlo y que no se le deforme al cliente.

La inspiración siempre ha estado aquí, con nosotras. Sí me pregunto mucho qué tipo de cosas quiero hacer y estoy convencida de que quiero sacar algo atemporal en contra de lo «trendy» o la línea de boleros tipo Johanna Ortiz. A la mujer latina le gusta mostrar y nuestras prendas son sencillas y recatadas. Y fue un reto lanzar esto sin saber cómo lo iba a recibir el mercado. También vamos en contra de los colores tan subidos y los estampados, que estamos tan acostumbrados a usar en Colombia. Nuestra estética es súper atemporal, con inspiración en los países nórdicos.

El reto son la cantidad de dudas y la incertidumbre. Pero a la vez hay que aferrarse a que a veces paga ser diferente y proponer algo nuevo; a que hay que ser justos con la realidad que estamos viviendo aquí. En Boyacá no hay palmeras ni tucanes. Entonces queríamos proponer algo muy honesto con lo que somos nosotros.

Otro reto: el de crear prendas para distintas temporadas, climas y condiciones ambientales. Normalmente nos demoramos mucho (entre 10 y 40 días, normalmente) para hacer un tejido entonces los tiempos de producción y de ensayo de prototipos son largos. Y parte del reto era adaptarnos también a nuestra realidad climática, que puede variar con temperaturas de 5˚C a 28˚C en un sólo día. Nuestra colección se adaptó a todas estas temperaturas; era multi-temporada. Este fue el discurso que usamos para proponer menos colecciones que duren más tiempo, con colores atemporales y fibras con durabilidad. Y así también comenzamos a aprender sobre el tema de precios, cómo comercializar y cómo manejar los tamaños de los pedidos… aunque la historia siempre la tuvimos clara.

Lo más gratificante fue ver cómo la gente realmente apreciaba lo diferente desde el comienzo; ver cómo escuchar nuestra propia intuición y arriesgarnos vale la pena. Y ver a personas de todas las edades que admiran el trabajo de nuestras tejedoras. Poder mostrar algo boyacense pero internacional, sin olvidar lo que somos ni lo que tenemos.

Fotografía de Andrés Oyuela. Cortesía de Priah.

¿En qué te inspiras para tus colecciones? ¿Cuál fue la última y cómo llegaste a ella?

Nuestro punto de partida siempre ha sido la cotidianidad en Boyacá. Para nuestra segunda colección estamos inspirándonos en el campo, en la siembra. Cuando uno viaja por Boyacá, se ven sobre la tierra cuadrados con cultivos de distintos colores, que parecen tapetes. A mí siempre me gustó y me imaginaba que era como si los campesinos tejieran la tierra. Y quise ponerle el reto a nuestras tejedoras de «sembrar los tejidos» como el análogo de ese proceso. Nos pusimos a investigar distintas puntadas que existen en el crochet y llegamos a la conclusión de que la mayoría se llaman como cultivos, flores, comidas, productos de la tierra: tienes el punto arroz, el punto lino, el punto jazmín, el punto frijol.

Entonces decidimos buscar puntadas y apropiarlas con nuestro propio lenguaje: tejidos, por ejemplo, que se parecen a la flor de maíz. Y así empezamos a hacer nuestras pequeñas fincas en las prendas. Lo que vamos a ofrecer son pequeñas montañas, inspiradas en el arte contemporáneo, en donde la forma no es lo que importa, sino las texturas. Queremos manejar una gama de colores neutros que permitan ofrecer atemporalidad. Son piezas 100% tejidas en crochet pero con más tridimensionalidad, aprovechando el tema de la biodiversidad, de la siembra, de la importancia de nuestros campesinos. Y darle esa visibilidad a la tierra, al campo, a las cosechas.

¿Qué es lo que más te motiva como diseñadora?

Para mí ha sido todo un descubrimiento empezar a identificarme como diseñadora. Y ha sido muy grato. De pronto tenía un prejuicio desde afuera y veía todas las cosas negativas del consumismo y de la industria, que contamina, que es muy superflua. Pero ahora que estoy aquí detrás del telón, me ha fascinado ver cómo el ser diseñadora te permite materializar, mover y tocar a las personas a través de la belleza. Y esto es un arma grandísima; es un poder, un don.

Siempre admiré mucho a Gandhi y cómo, desde la filosofía de la no violencia, logró movilizar a todo un país. Siento que la moda tiene el poder de comunicar y ayudar a las personas a identificarse con causas, a contar historias, a darle voz a los demás. Entonces, para mí, un diseñador puede llegar a convertirse en un Gandhi. Es según cómo tú quieras usar esta herramienta, por supuesto. Pero para mí el diseño ha sido un proceso de darle visibilidad a nuestra gente, a otros valores, darle opciones a los clientes. Y ser diseñador viene de la mano con el liderazgo. Porque estás viendo lo que pueden necesitar tus clientes en el futuro y estás proponiendo una solución, una alternativa. Y esto es una gran responsabilidad. Pero me ha encantado ver el diseño desde este punto de vista.

Fotografía de Victoria Holguin. Cortesía de Priah.

¿Cuál es la lección más grande que has aprendido con Priah?

Creo que ha sido ser flexible. Mi gran maestra ha sido Priah. Siempre me he sentido un ser espiritual pero yo pensaba que la espiritualidad se buscaba meditando, peregrinando, yendo a un ashram. Pero realmente Priah me ha dado todas estas herramientas para entender el mundo y para ver cómo, a través de la materia, puedes llegar a ser tan espiritual. Me ha mostrado cómo aportar y a tener empatía por las personas. Me ha ayudado a quitarme muchas vendas de cosas que ya tenía establecidas en mi cerebro.

Priah siempre me ha enseñado a reinventarme y a reinventarnos como tejedoras. La creé con toda esta obsesión de ayudar a impactar vidas y a cambiar sistemas de creencias en el que las mujeres creían que no tenían el poder de hacer algo por ellas mismas y de aportar con su arte. Para mí todo se limitaba, como buena científica social, a medir datos. Pero en medio del proceso, siento que todas estas mediciones se cayeron, así como esta deshumanización que buscamos nosotros como científicos sociales para llegar a respuestas muy matemáticas de nuestro impacto. Se cayó toda esta teoría al estar en contacto con estas mujeres que tienen visiones de la vida y del desarrollo tan diferentes.

Muchas veces, si les preguntas cómo quieren cambiar su vida o ser mejores, ellas responden que tienen todo lo que necesitan. Y uno desde el punto de vista occidental quiere que vivan de otra forma pero no contempla la posibilidad de que son felices con lo que ya tienen. Entonces este proceso también ha sido uno de empatar con muchos paradigmas sociales, de darme cuenta de que las mujeres no se motivan solamente con un mejor pago o haciendo cosas diferentes. Esto es importante, por supuesto, pero no es el motivo. Son mujeres tan apasionadas, que les motiva entregar cosas perfectas, reunirse con otras mujeres igual a ellas y compartir sus historias, crear un círculo de apoyo.

Fotografía de Victoria Holguin. Cortesía de Priah.

Entonces he empezado a entender que crear una empresa social va más allá de ofrecer un buen dinero y de pronto unas capacitaciones. Estas mujeres realmente han sido mis maestras de vida y Priah como empresa ha sido aprender a ver cómo tú puedes liderar una empresa, cómo tus pensamientos influyen en todo lo que se va a generar. Hubo varios momentos en que no teníamos ni siquiera cómo pagarles a las tejedoras y de repente llamaban a la puerta de la casa diciendo que iban a comprarnos una prenda con exactamente el dinero que se necesitaba para pagarles. Entonces se necesita empezar a ver todas estas soft skills, lo que está por debajo de cuerda. No se trata simplemente de ver proyecciones financieras en Excel ni de armar un proyecto de negocios en un canvas; es cuestión de actitud, de empatía, de pasión. Y eso me lo ha enseñado Priah.

¿Qué consejo le darías a alguien que está empezando en el mundo de la moda?

La verdad, creería que el tema de empezar un negocio, no sólo en la moda, se trata más de perseverancia que de conocimiento. Los conocimientos son una guía pero cuando tú tienes una historia que contar, una pasión, algo que aportar, la vida te ofrece o tú con tu perseverancia puedes conectarte con personas que saben más que tú. Debes entrar con esta beginners mindset [mentalidad de principiante], con una mente abierta en la que puedes aprender mucho y de mucha gente para sacar lo mejor de tu negocio. No siento que uno deba esperar tanto; hasta que haya estudiado o hasta tener las influencias o el dinero. Realmente lo que se necesita es una raíz muy grande, un corazón muy grande, un alma muy fuerte en el proyecto; algo que te ayude a sobrepasar los malos tragos y que te de esa perseverancia que se necesita para continuar, aunque te estén cerrando las puertas y aunque no se te estén dando las cosas. Debes tener esa visión de lo que quieres hacer, de hacia dónde lo quieres llevar, para poder tener esa visión y para atraer las personas, el dinero, el conocimiento y los medios que necesitas para materializar lo que estás haciendo. Ese sería mi consejo: tener claridad, tener pasión y tener alma en el proyecto.

Fotografía de Camilo Martínez/Devorah Goldd. Cortesía de Priah.

¿De qué sirven la historia y la teoría de moda para diseñar hoy en día? ¿Cómo se puede transformar el conocimiento de historia en inspiración creativa para la moda?

Yo soy una fanática de la historia entonces no puedo ser neutral en este aspecto. Para mí la historia te hace lo que eres hoy. Para mí tener una historia de vida, una historia del proyecto, una historia de tu colección que sea fuerte, depende de que tú puedas entender y relacionarte con la historia del contexto con el que estás trabajando. Para mí no es solamente la historia de la moda; te confieso que no conozco mucho y no tengo la cultura, a pesar de que sí he empezado a ver documentales, a leer, a aprender. Pero intuitivamente sí ha sido parte de mi proyecto investigar cómo era la forma más simple de vestirse desde los comienzos de la humanidad. Y el común denominador de las líneas rectas ha estado por todas partes: en los Kimonos en Japón, en los ponchos andinos, en los Saris en la India. Son pedazos de tela muy rectos, casi que rectángulos con huecos, para usar.

Otra forma de integrar la historia con mi proyecto es explorar el tema indígena y acercarme a mis raíces a partir del diseño. Llegar al Museo Muisca y aprender la importancia de sus tejidos e inspirarme en los motivos geométricos ha sido una forma de respaldar y darle justificación al proyecto. Y también dejarle ese pequeño legado a quien compra tu producto; es muy lindo poder compartir esta historia con los clientes.

No importa la historia que escojas, siempre la vas a necesitar para tener claras las raíces de lo que quieres contar y lo que vas a proyectar. Hoy en día, los clientes son cada vez más exigentes y más conscientes. Con este mundo globalizado, estamos buscando diferenciarnos; estamos en esta tendencia «glocal» en la cual nuestras historias y ser conscientes del por qué y de dónde viene. Y ese mito detrás de tus prendas hacen toda la diferencia. Entonces es necesaria la historia; es enriquecedora. La historia es belleza.

Fotografía de Andrés Oyuela. Cortesía de Priah.

En un mundo tan globalizado como el nuestro, ¿por qué es importante apoyar la producción artesanal y el diseño local?

Creo que lo he venido diciendo en todas mis respuestas. Pero para mí lo más importante es la diversidad; es ofrecerle algo diferente al público. La globalización ha sido hermosa; nos ha permitido tener contrastes, comparaciones, mezclas culturales. Pero siento que estamos en un punto de la globalización que es ya tan generalizado, que encontrar autenticidad en un producto (algo a lo que ya no estamos tan acostumbrados) hace toda la diferencia. Para mí la autenticidad viene de estas dos fuentes: de lo artesanal y lo local. Y en Colombia hemos sido muy afortunados porque la apertura al turismo y al mundo ha sido reciente, afortunada o desafortunadamente, a causa de la guerra. Lugares como Boyacá hasta ahora están empezando a volverse importantes en el mapa turístico y muchas de nuestras costumbres siguen intactas. Y ahí está toda nuestra riqueza; en todo lo que no ha sido permeado por lo genérico de la globalización. Y esa es una fuente de creatividad y de diseño inmensa que debemos aprovechar.

¿Hay algo más que quieras compartir?

Se me viene un poco a la cabeza el tema de cómo ser un emprendedor en estos momentos de crisis por el contexto de la pandemia [del Covid-19]. He estado reflexionando mucho todo este mes de confinamiento. En realidad, creo que si hay algo que nos caracteriza a los emprendedores es la resiliencia. Estos cinco años de ensayo y error para crear a Priah, aunque en realidad sólo lo lancé hace un año, han sido una crisis constante. Ha sido una incertidumbre constante de no saber si lo que estoy haciendo va a ser aceptado o no; si va a tener público. Ha sido descubrir nuevas formas de producción, de contar la historia, de tejer, de inspirar a las mujeres, de construir equipo.

Fotografía de Camilo Martínez/Devorah Goldd. Cortesía de Priah.

Y siento que esa puede ser una de las ventajas que tenemos los emprendimientos pequeños a nuestro favor. Estamos acostumbrados a adaptarnos porque ha sido lo que hemos vivido durante todo este tiempo. Hacer una empresa es siempre un proceso de ensayo y error, de modificar, de tomar decisiones, de cambiar. Entonces creo que debemos utilizar toda esa resiliencia para sobrevivir a la crisis que estamos enfrentado ahorita y a todo lo que se va a presentar durante el resto del año. Creo que eso me da positivismo, ¿sabes? No es algo diferente a lo que hemos estado haciendo en todo este tiempo. Esa ha sido mi reflexión más grande.

Y también tengo muchas ganas y muchos deseos de repensar la sostenibilidad. A veces soy muy exigente con lo que es el proyecto. Con amigas como Lillyana Mejía hablamos sobre la sostenibilidad y yo a veces le digo que no me siento segura de decir que Priah es sostenible porque no está en el punto en que yo quisiera. Pero lo que sí me he dado cuenta es que uno sí va construyendo y va mejorando y va abriendo las fronteras con nuevos nexos y nuevos contactos para tener mejores proveedores, para comprender mejores formas de hacer las cosas. Y en realidad la sostenibilidad es un término que está en construcción, por así decirlo. Y momentos como estos de pandemia te permiten replantearte. Creo que son la excusa perfecta para cambiar muchas cosas que no están funcionando como queremos y que realmente nos obligan a ser más auténticos y más definidos en el proceso de creación y en la oferta de producto que estamos proponiendo. Y este proceso en general es muy positivo, sobretodo para las empresas como nosotros, que están pasando por lo mismo. Es un momento para replantearse y para adaptarse.

Laura Beltran-Rubio es historiadora del arte y la moda. Es candidata a Ph.D. en la Universidad de William & Mary (Williamsburg, Virginia) y tiene una maestría en Estudios de Moda de Parsons School of Design en Nueva York. En 2019, diseñó y dictó el primer curso introductorio a los Estudios de Moda en Colombia, ofrecido a través de la Maestría en Diseño de la Universidad de Los Andes en Bogotá. Su investigación ha sido publicada en “Cuaderno”, el “Journal of Dress History” y ”Fashion Theory”.

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