Ensayos temáticos

América, motor del auge europeo

¿Dónde está el testamento de Adán?». Esta frase, pronunciada con ira por el rey de Francia Francisco I cuando contempló parte de las riquezas que le había enviado Hernán Cortés desde México a su gran rival, Carlos V, ha pasado a la historia como signo de fortuna providencial. El arrebato del soberano francés aludía al reparto del orbe entre españoles y portugueses, con exclusión de las demás naciones.

¿Qué habría pasado si los europeos no hubieran descubierto América? Hoy vamos a abordar esta pregunta desde el lado europeo. ¿Qué habría pasado con el Imperio Español? ¿Habría sido un Imperio, siquiera?

Sin duda la invasión de América por parte de los europeos significó un hecho imprescindible para el desarrollo y el auge de Europa y su cultura, a partir del siglo XVI, y hasta ahora.

 

Los pueblos indios a veces recibían calurosamente a los europeos, les proporcionaban alimentos y les enseñaban nuevas e importantes habilidades de supervivencia. En algunos casos, los percibían como divinos, o al menos espiritualmente poderosos. Algunos utilizaron a los recién llegados como aliados contra viejos enemigos. Otros los vieron como nuevos enemigos, para ser tolerados a regañadientes o fuertemente resistidos. Sin embargo, los pueblos nativos se desilusionaron rápidamente por la traición o el maltrato a manos de los europeos.

 

Hace un tiempo circuló en Internet una versión, no se sabe si apócrifa, de un discurso de un cacique indígena latinoamericano ante una reunión de gobernantes de la Comunidad Europea sobre el tema de la deuda externa, pero de la deuda de Europa con América. La idea era tan sencilla como atractiva: en los siglos XVI y XVII llegaron a Europa 185.000 kilos de oro y 16.000 toneladas de plata del territorio americano, pero esto no debe ser considerado como un saqueo, explotación ni robo de los recursos naturales, sino como un préstamo amigable que hizo América para contribuir al desarrollo de Europa.

 

Como todos los préstamos deben ser pagados, el mencionado cacique propuso que se calculara el valor presente del oro y la plata prestados durante estos 400 años, lo que arroja cifras impresionantes: con un módico interés del 3% anual, la suma que adeudaría Europa a América sería equivalente a más de 120 veces el valor del PIB de la Unión Europea, por lo cual sería necesario un programa de ajuste en los países deudores para que puedan pagar sus obligaciones, así sea en un plazo muy amplio.

Eso sin contar que, como lo han argumentado historiadores económicos, la invasión y conquista de las Américas permitió a Europa expandir toda su producción económica y alcanzar el nivel de desarrollo “superior” que reconocemos hoy en las naciones y economías europeas. Así, la invasión de América resultó facilitar la explosión demográfica de los últimos siglos, y ciertamente desempeñó un papel importante en la Revolución Industrial y las demás revoluciones que acontecieron entre los siglos XVIII y XIX. De hecho, tanto la Revolución Industrial como la llamada “Revolución del consumo” fueron detonadas en gran medida por el algodón. El algodón fue una materia prima que revolucionó el mundo de la moda, especialmente a partir del siglo XVIII. Su uso se expandió a nivel global y fue utilizado, en distintas calidades, por distintos rangos de personas en prácticamente todas las sociedades. Las telas de algodón pintadas o estampadas, siguiendo un estilo que inició en el subcontinente indio pero cuya producción se copió en Europa y hasta en las Américas, se convirtieron en el último grito de la moda y uno de los tejidos más codiciados a nivel global por esta época. En el mundo español se llamaron “indianillas”, aunque seguramente las reconocen por sus nombres en inglés de “calico” o “chintz”.

 

Pero lo más interesante del algodón es que pese a su asociación con la India y el continente asiático, éste fue un producto inherentemente americano. De hecho, una de las razones por las cuales Cristóbal Colón estaba tan convencido de que había llegado a la India en 1492 cuando en realidad estaba en el Caribe, era porque las islas estaban llenas de arbustos de algodón. Desde el inicio de la invasión europea, se establecieron en las colonias iberoamericanas sistemas de producción textil llamados “obrajes”, en donde se producían enormes cantidades de telas de algodón y paños de lana, entre otras. Así, los invasores europeos aprovecharon las técnicas para el cultivo de algodón que ya se practicaban exitosamente en Mesoamérica y la región andina antes de su llegada. Podría decirse, entonces, que los obrajes combinaban, de alguna manera, el funcionamiento de las fábricas españolas con los sistemas de producción textil que ya existían en Abya Yala. Aunque lograr cultivar algodón en las colonias británicas en Norteamérica fue toda una hazaña, para el siglo XIX, el algodón norteamericano se había convertido en la materia prima de prácticamente todas las economías europeas.

El algodón era una fibra nativa de las Américas, que rápidamente se introdujo a los mercados y economías globales con la invasión europea—aunque éste también era nativo de Asia, como ya fue mencionado. Hubo una gran variedad de especies americanas que eran desconocidas para los europeos y que se introdujeron a la oferta global de productos agrícolas con la invasión y conquista de América. Muchas de éstas, como la papa, la batata, el maíz y la yuca resultaron en mejoras calóricas y nutricionales con respecto a los alimentos básicos existentes anteriormente. Otros cultivos como los tomates, el cacao y los chiles tuvieron un efecto importante en la evolución de las cocinas locales. Los chiles dieron origen al curry picante en la India, al pimentón en Hungría, y al kimchee picante en Corea. Los tomates alteraron significativamente la cocina de Italia y otros países mediterráneos. ¿Qué sería de la pizza sin el pomodoro?

 

La llegada a América proporcionó también al Viejo Mundo vastas cantidades de tierra relativamente despoblada adecuada para ciertos cultivos que tenían una gran demanda en los mercados europeos, como el azúcar, el café, la soya, las naranjas y los bananos. El continente americano se convirtió rápidamente en el principal proveedor de estos cultivos a nivel mundial.

 

Pero fuera de esto, en el horizonte de 1500, el negocio de las Indias aparecía como un ostensible fracaso. A pesar de que en el segundo viaje liderado por Cristóbal Colón había cruzado el Atlántico «gente trabajadora para sacar el oro de las minas», la cantidad del preciado metal hallado en ríos y minas en las Antillas fue escasa. Desde luego, resultaba insuficiente para promover la colonización y garantizar el tráfico marítimo en el Atlántico. No fue sino hasta el hallazgo del opulento Imperio azteca y el estrecho de Magallanes que la riqueza empezó a aflorar.  En esta etapa de la invasión y conquista, los metales preciosos provenían de la captura de tesoros.

La siguiente etapa en este proceso de invasión fue el asentamiento y la colonización, con el desarrollo de la vida urbana, en donde se pasó de una minería de apropiación a otra de producción. Entre 1741 y 1800 se extrajeron unas 67 toneladas de oro en México. Poca cosa en comparación con lo que se explotaba en el Nuevo Reino de Granada, en el norte de lo que hoy conocemos como Sudamérica. Y en Castilla del Oro, como fue llamada la Panamá de hoy, la explotación de yacimientos auríferos en Veragua duró hasta que se agotaron. En Quito había lavaderos auríferos y oro en vetas, mientras que en Perú aparecieron yacimientos en Oruro y Asangoro; de allí se envió a Carlos V una pepita de cuatro arrobas en forma de cabeza de caballo. Nada que ver con lo que pasaba en Chile, donde se extraían dos toneladas por año, si las guerras con las poblaciones nativas lo permitían; el país fue conocido como el «Flandes indiano», porque la dura resistencia de los indígenas recordaba a los españoles la interminable rebelión de los protestantes flamencos al otro lado del Atlántico. Prácticamente, los metales preciosos obtenidos de los yacimientos americanos fueron el sustento del Imperio español; su alcance trascendió sus fronteras y generaron un sistema económico global.

 

Pero pronto se empezó a hablar de la llamada “leyenda negra” del Imperio español, que incluyó no sólo la explotación y el exterminio de poblaciones nativas, sino también la fuga del oro, que, a pesar de ser extraído de las colonias americanas por funcionarios españoles, pronto se les “escapó” de las manos, con la compra de lujos y riquezas orientales. En otras palabras, la riqueza ofrecida por las colonias americanas resultó ser limitada y fugaz. Por eso es que surgió la imagen de América como fracaso, como lugar de «forajidos y rescatadores», tan arraigada en la mentalidad de españoles y europeos incluso hoy. Ésta nació precisamente del rápido agotamiento de este ciclo minero del oro. 

 

Pero la historia de la plata fue muy distinta.

La evidencia de la riqueza de México en metales fue obvia para Hernán Cortés y sus sucesores, que pusieron en marcha una verdadera red de minas de plata, muchas de ellas convertidas luego en ciudades: Zacatecas, Guanajuato, Taxco, San Luis Potosí, Guadalajara o Oaxaca surgieron como «reales de minas», campamentos dedicados a la extracción de mineral de modo permanente. En Sudamérica también se encontraron yacimientos riquísimos de plata, en lo que se llamó el Perú y el Alto Perú, con “Cerro Rico” en Potosí, Bolivia, siendo tal vez el más increíble de todos, como su nombre lo indica. La verdadera riqueza americana, en rigor, no fue el oro, sino la plata, que, durante los siguientes tres siglos, hasta la independencia, sufragó la colonización, se pagaban productos como el marfil de la India, los perfumes de Arabia o la seda de Calabria. En fin, se pagó el comercio americano con Europa y sobre todo con China, y se garantizó la integración de territorios fronterizos, donde se enviaban enormes cantidades de dinero, los situados, para pagar fortificaciones y milicias.

 

Pero más que adueñarse de todas estas riquezas, España —y los españoles— tenían que mostrarlas. Y así es como de América, también obtuvieron los recursos para desarrollar la imagen y muy característica moda española que vendría a influir en toda Europa durante el resto del siglo XVI y hasta el XVII. Uno de los colores más complicados de conseguir a partir de tintes naturales es el negro. Y más que conseguirlo, la dificultad radica en el mantenimiento del tono en los tejidos en el tiempo, con el uso, al lavarlo. Antes del descubrimiento de América, vestir ropa negra era símbolo de riqueza y una auténtica misión imposible. Tanto así que, más que un color negro intenso, se hablaba del tono “ala de mosca”, un café oscuro que se acercaba al negro pero no llegó a alcanzarlo. Solamente con la invasión española de América se accedió al árbol llamado palo de Campeche, con el que se consigue fijar la tonalidad oscura en el textil.

 

Cuando volvieron a España, los conquistadores obsequiaron a Felipe II, el gran emperador del Imperio español durante su Siglo de Oro, el citado palo de Campeche. Este regalo vino acompañado de otros tesoros encontrados en Abya Yala, entre los cuales se encontraban perlas, oro, esmeraldas y otras piedras preciosas, y la cochinilla, el famoso tinte que permite vibrantes tonalidades de rojos y fucsias intensos, sobre el que hablaremos después. Pero volviendo al negro, Felipe II fue consciente de que, si convertía en moda esa tonalidad, la Corona obtendría grandes ingresos a partir de la comercialización del tinte proveído por el palo de Campeche. Eso sin contar que por su asociación con el nuevo y lejano continente, los elevado costos de transporte y la dificultad de obtenerlo, el negro era el color perfecto para representar la epitome del lujo en su corte. Así, el Rey impuso el color negro en las modas de la corte y cedió el rojo —tradicional símbolo de poder y riqueza— a la Iglesia. Definitivamente, de América llegó THE NEW BLACK.

En aquel entonces España logró que el tono oscuro se identificara como el más elegante de toda la paleta cromática. En contra de lo que comentaban los detractores extranjeros, la utilización del negro no tenía nada que ver con el estado de ánimo del Rey. Éste acababa de quedarse viudo de su tercera esposa, Isabel de Francia. El motivo para vestir de negro, por tanto, fue una cuestión económica y un “performance” de acceso al lujo y a las riquezas americanas.

 

La moda por el negro continuó en la corte española hasta el fin de la casa de Austrias y el ascenso de la dinastía francesa de los borbones, que reinaría en España a partir del siglo XVIII. La historia más tradicional de la moda cuenta que Felipe V impuso la moda de Versailles, corte en la que se crió, con colores llamativos y tejidos barrocos al estilo de su abuelo, el Rey Luis XIV de Francia. Más recientemente se ha cuestionado esta narrativa, primero porque el auge de ninguna moda se le puede atribuir a una sola persona y, segundo, porque ya se habían identificado cambios en las modas españolas desde antes del ascenso de Felipe de Borbón, duque de Anjou al trono español. Pero lo cierto es que, para 1700, el negro ya no era el único protagonista de la moda en las cortes españolas y los entornos urbanos que las rodeaban. Por esta época, el negro también se impuso para reflejar el luto por alguien—simbolismo que alcanzó su nivel maximo en el siglo XIX y particularmente en la Inglaterra de la reina Victoria, tras perder a su amado consorte, el Príncipe Alberto.

 

Pero sin desviarnos tanto, volvamos al Imperio español y el color rojo. Como ya mencionamos, en América éste fue producido, entre otras, a partir de la cochinilla. Ésta es una especie de chinche blanca procedente sobre todo de México y de Perú. Es prácticamente un parásito que se alimenta de plantas cactáceas, y desde hace más de 2.000 años se usa en América para teñir vestidos y dar color a la comida. En el siglo XVI los españoles comenzaron su exportación a Europa, donde alcanzaba un alto precio como colorante para paños y para el uso de los pintores. Posteriormente, los españoles la introdujeron en Canarias, donde su cultivo se convirtió en un importante recurso económico para las islas.


Hasta que la aparición de los colorantes artificiales dio al traste con este comercio, la cochinilla –llamada grana entre los españoles– fue uno de los productos mexicanos de exportación más valiosos, entre 1650 hasta 1860, tan solo superado por el oro. No en vano, su uso como colorante natural se remonta a las civilizaciones precolombinas. La cultura Paracas, que habitaba la costa del actual Perú hace unos 2.000 años, y los aztecas –en el actual México– ya conocían las propiedades de este insecto. Cuando los españoles conquistaron México en 1521, vieron a los indígenas recoger insectos de los nopales y no tardaron en darse cuenta de sus excepcionales propiedades como pigmento natural.

En Europa, existía una gran obsesión durante la Edad Media por conseguir el pigmento rojo perfecto. Los tintoreros medievales, que estaban organizados en gremios, eran capaces de producir muchos colores ricos, pero el rojo resultaba sumamente difícil de obtener. Las sedas de los ricos color carmesí y escarlata eran teñidas con kermes –un pigmento rojo derivado de los cuerpos deshidratados de las hembras de otro insecto, uno procedente de la familia Coccoidea– en centros ubicados en Italia y Sicilia. Con el descubrimiento de América, la cochinilla desplazó al kermes puesto que producía un rojo más fuerte y duradero a menor cantidad.

 

Para la década de 1570, la industria textil europea había pasado a depender del uso de la cochinilla. Según las fuentes del periodo, en el año 1580, solo a nivel de todo el territorio de la Nueva España (la actual zona de México, California, Nuevo México y parte de Centroamérica) ya se producían alrededor de 133 toneladas de grana, siendo la región oaxaqueña de Nochixtlán una de las más importantes zonas productoras en esos tiempos. Pero su crecimiento no dejó de ir en aumento durante siglos.

 

La extracción de cochinilla y la forma de convertirla en el tinte que creaba las vibrantes tonalidades de rojo para las telas fue uno de los secretos de estado mejor guardados en el Imperio español. Pero esto trajo consigo rivalidades y peligros a medida que otros estados-nación europeos buscaban acceder a él. Como el insecto de la cochinilla no se podía cultivar en Europa, los rivales de España encontraron otro motivo para procurar apoderarse de las posesiones hispanas. Junto al oro y la plata, el objetivo prioritario de los piratas eran los barcos cargados de insectos secos de cochinilla.

 

Pero no podemos hablar de piratas sin hablar del Mar Caribe y las perlas que se extrajeron de él hasta el punto de generar una crisis ambiental debido al agotamiento de las ostras de perlas en la región. Las perlas eran uno de los elementos más representativos del lujo en la modernidad temprana y, encontrarlas, era como encontrar un tesoro. Por su lustre y formas barrocas, las perlas significaban riqueza y lujo, aunque también tuvieron asociaciones con la pureza que se buscaba en las mujeres. Tradicionalmente, las perlas eran asociadas con el lejano oriente, tal vez por su rareza y (nuevamente) por ser consideradas un gran elemento del lujo. La relación directa con el oriente se ve más explícitamente en que una de las características que se busca de las perlas es su “oriente”, es decir, la tonalidad que adquieren. Especialmente de las perlas blancas se identifican orientes amarillos, rosa o grisáceos, por ejemplo.

Aunque para el momento de la invasión europea de América las perlas eran casi que sinónimo de Oriente —esa fantasía exótica y extremadamente lujosa que vivía en las mentes europeas sobre el continente asiático— en América también se encontraron perlas en grandes cantidades y algunas de tamaños y formas nunca antes vistas por los ojos europeos. A diferencia de las esmeraldas —en donde el origen americano puede identificarse en un color mucho más claro que en las de origen africano—, en el caso de las perlas es prácticamente imposible distinguir su origen a simple vista. Muchas de éstas eran extraídas de ostras que se pescaban en el Caribe, gracias a la avidez de nadadores locales que podían sumergirse durante varios minutos hasta alcanzar las ostras al fondo del mar y volver a la superficie con ellas. Cuando se exterminaron las poblaciones nativas, se comenzaron a utilizar hombres y jóvenes esclavizados para pescar las perlas. La violencia ejercida contra ellos, que les generaba heridas abiertas casi imposibles de sanar por la salinidad del agua marina, sumada a la falta de oxígeno al sumergirse, ocasionó grandes tasas de mortalidad. La mortalidad de las personas que fueron obligadas a extraer perlas y el agotamiento de las ostras, que resultó en una crisis del ecosistema marino del Caribe, fueron dos de los fatales resultados de la avaricia del Imperio español. 

 

Hoy, nada de esto puede observarse en los lujosos vestidos que sobreviven retratados en las pinturas de corte europeas de los siglos XVI y XVII. Increíblemente adornados con perlas y otras piedras preciosas, estos trajes demostraban el auge del lujo en la moda fundamentado en todo lo que se extraía de las colonias americanas. Aunque untadas de sangre en sus lugares de origen, estas gemas aparecían relucientes al otro lado del Atlántico para demostrar el poder de quienes las vestían.

 

Vemos así varios retratos de la Reina Isabel I de Inglaterra con guarniciones de oro, botones con rubíes y diamantes y adornados con hilos de perlas alrededor del cuello, el torso, las muñecas y hasta en forma de tocado sobre la cabeza y recogiendo el cabello. El famoso “retrato de la Armada”, que representa la derrota de la armada española cuando intentó invadir Inglaterra en 1588, tiene perlas bordeando la saya, pero además contiene perlas cosidas en las manguillas y el verdugado, complementando el patrón brocado de soles y rosetas. Bordeando su cabello, con un peinado en forma de corazón, hay 11 pares de perlas en forma de pera y una adicional sobre la frente. Aquí las perlas son símbolo del poder de esta reina, pero también de su virginidad y, más importantemente para nosotras, su estilo fashionista.

Isabel Clara Eugenia, Infanta de España, Archiduquesa de Austria, Soberana de los Países Bajos y condesa de Borgoña y Gobernadora de los Países Bajos, también fue retratada varias veces con lujosos atuendos repletos de perlas. En un retrato pintado por Juan Pantoja de la Cruz hacia 1598-1599, lleva puntas, brazaletes y broches con rubíes, diamantes y perlas, un collar de perlas, aretes de perlas y un tocado que enmarca su cabello recogido, también con perlas. Antes de eso, fue retratada por Alonso Sánchez Coello entre 1585 y 1588 con broches de perlas y piedras preciosas engastadas en oro adornando su saya. Hasta en el retrato de 1577, cuando apenas tenía 11 años, ya aparece con un cinturón y collar de oro con perlas y diamantes y un ostentoso tocado con docenas de perlas.

 

Además de perlas, oro y piedras preciosas, hubo otros objetos extraídos de la tierra que, por distintas razones, se volvieron atractivos para quienes conformaban las élites y las cortes europeas. Es el caso del jade mesoamericano, por ejemplo, que se creía tenía propiedades curativas que, entre otras, parecían ayudar al Rey Felipe II de España aliviar los dolores ocasionados por cálculos renales. Felipe II llegó a formar todo un gabinete de este tipo de objetos americanos con poderes medicinales que podrían llegar a curarle todos los males de los que sufría.

Como el gabinete de Felipe II, otros miembros de las élites y las cortes europeas también conformaron sus propias colecciones de “curiosidades”, repletas de animales y plantas (vivas o desecadas), minerales, piedras y hasta objetos textiles pertenecientes a las poblaciones originarias de las Américas. Algunos de los objetos que formaron estas colecciones fueron seleccionados por representar la rareza exótica. Otros fueron entregados como tributo, como las muestras de cochinilla y palo de Campeche que enviaron conquistadores como Hernán Cortés al Rey Felipe II a modo de pago del Quinto Real. Y otros como la llamada “capa de Powhatan”, capas de plumas o penachos de plumas fueron obtenidos como trofeos de guerra que se tomaban de los líderes de los pueblos vencidos —y por ende conquistados— por los invasores europeos. Estas colecciones o “gabinetes de curiosidades” evolucionaron durante los siglos XVIII y XIX para convertirse en muchos de los museos que conocemos hoy y que siguen exhibiendo enormes cantidades de objetos que fueron saqueados por las empresas colonizadoras europeas. Aunque algunos esfuerzos por “descolonizar” los museos han buscado formas alternativas de exhibir y contar las historias de estos objetos saqueados, hay quienes insisten en que la única alternativa es devolverlos a las comunidades que los crearon. Pero el tema sigue estando abierto al debate.

 

Hablando de descolonizar, no podemos ignorar que detrás de la extracción y el éxito global de todos los “tesoros americanos” que compartimos hoy están las personas y los saberes nativos que fueron aprovechados —y en algunos casos forzosamente tomados, por no decir que robados— de las poblaciones originarias. Hasta el avance de la ciencia moderna se lo debemos a muchos de estos conocimientos y ya se nos está haciendo tarde para reconocerlo.

Esperamos haber llegado un poco menos tarde al reconocer que América también ha ofrecido mucho a Europa y al mundo, no sólo en términos económicos, de plata y oro, ¡sino también de moda! Ya que muchas de las modas europeas no habrían sido posibles sin las materias primas obtenidas de América, empezando por el rígido negro de rigor en las cortes de los Habsburgo, lideradas por España, en los siglos XVI y XVII. Otras —como el auge de las indianillas— seguramente habrían tenido menos alcance, de no ser por la producción textil y agrícola de América. Y, en general, el mundo no sería como lo conocemos hoy de no ser por este “encuentro” —ciertamente violento y tal vez no tan neutral como a veces lo interpretamos— entre Europa y América.

Retomando las palabras de Francisco I, molesto porque no le tocó ni un pedazo de la tarta de América, podríamos contestar: ¿Y cómo porqué teníamos que darles algo, a alguien? Si bien hoy reconocemos que todos nos hemos beneficiado también de este choque de dos mundos, es importante que empecemos a revalorar nuestras raíces y tomar conciencia de que nuestra existencia no empezó con el descubrimiento de América. Es por eso que llamar -Abya Yala- es un ejercicio importante para que empecemos a independizar nuestra identidad de las ideas impuestas por alguien ajeno a nuestra cultura sobre lo que está bien, sobre lo que es bello y sobre lo que significa “civilización”, y que iniciemos un camino de reconocimiento de nuestra riqueza y nuestra importancia en la historia.

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