Ensayos temáticos

Moda y poder en la América precolombina

Si el fenómeno de la aparición del hombre se remonta a los horizontes del hombre de Pekín, para creer en la emigración del hombre de Asia a la hospitalaria América, la caza del legendario Caribú debió incitarlo a cazarlo más al sur en el duro tiempo de hambre.

Así, cuando el hombre caminó al sur, y se vio aislado del grupo en su constante peregrinar, tomó nombres fantásticos, míticos, mágicos y sonoros para designar su familia, la más numerosa se constituiría en tribu, y con el devenir del tiempo sería una nación con características étnicas y culturales que su imaginación y el medio le fueron imponiendo.

¿Qué poder tenía la moda en las civilizaciones Mesoamericanas?, y ¿cómo la usaron para conquistar, dominar y representar su estatus entre naciones?

La moda es un reflejo de los principales valores morales y estéticos de las sociedades, y como tal, no puede limitarse únicamente a la ropa. Si pensamos en las culturas prehispánicas, no es que nos imaginemos mucha ropa, si acaso, taparrabos y algunas túnicas básicas. Pero este imaginario realmente no es más que el resultado de los estereotipos que hemos heredado del pensamiento europeo, que nos dice que todo lo americano es salvaje, y por ende inferior, a lo que viene del llamado “viejo continente”. Y el estereotipo de la desnudez nativo-americana ha sido utilizado durante ya más de 500 años como prueba irrefutable de la falta de civilización en nuestro continente. Pero lo cierto es que aquí la gente no andaba ni desnuda ni vestida con trapos. Eso sin contar que la moda abarca mucho más que los textiles. Y los textiles abarcan mucho más que la moda. De hecho, muchas definiciones de la moda y hasta el “vestido” la han extendido a todas las decoraciones que se crean sobre el cuerpo; más que la ropa, la moda se refiere a los actos de adornar, decorar, emperifollar, y esto abre la posibilidad de incluir el maquillaje, las joyas, los tocados y las modificaciones corporales como moda.

Para nuestro análisis de hoy, vamos a enfocarnos en tres civilizaciones que habitaron lo que algunas llamamos Abya Yala —siguiendo el llamado de miembros de naciones indígenas contemporáneas para descolonizar lo que conocemos como “Latinoamérica”—. Abya Yala significa “tierra en perfecto estado de madurez” en el idioma de las naciones Guna-dule que habitan lo que llamamos Colombia y Panamá y es una apuesta no-eurocéntrica, no-antropocéntrica y no-patriarcal para nombrar el territorio que habitamos.

 

En el Tawantinsuyu —o lo que hoy llamaríamos el “imperio inka”— la indumentaria debía reflejar muy claramente el estatus de cada una de las personas que componían esta compleja sociedad. De acuerdo con las creencias de la cultura inka, el orden social era estrictamente jerárquico y cada persona debía cumplir un rol que, además, tenía un opuesto y ambos se complementaban a la perfección.

Es el caso, por ejemplo, de los géneros: hombres y mujeres cumplían roles diferentes en el Tawantinsuyu, que debían complementarse el uno al otro. Y esto se reflejaba en el traje: los hombres utilizaban una prenda llamada “uncu”, que consistía de un pedazo de tela rectangular, doblado por la mitad y cosido a los lados dejando dos aperturas por donde pasaban los brazos. La cabeza y el cuello se insertaban por una ranura en el medio del rectángulo. Así, el uncu reposaba sobre los hombros y cubría el torso, las caderas y los muslos de los hombres.

 

En el caso de los hombres de la nobleza, el uncu era complementado por una especie de banda que adornaba la cabeza, llamada maskaypacha. Era un cordón tejido con borlas, que se amarraba alrededor de la cabeza del Sapa Inka, o el gobernante del Cusco y gran Inka del Tawantinsuyu. Así, la maskaypacha era uno de los símbolos más claros de poder antes de la invasión española que, además, siguió utilizándose para representar a los descendientes de la nobleza inka incluso durante el periodo colonial.

 

El vestido de las mujeres era distinto. Consistía de un anaku, que era un rectángulo de tela que se envolvía alrededor del cuerpo y se sujetaba en los hombros con unos alfileres llamados tupu en quechua y alrededor de la cintura con fajas o cinturones llamados chumbi. Sobre el anaku utilizaban un manto, llamado lliklla.

 

Parece ser que hombres y mujeres de distintos niveles sociales utilizaban, a grandes rasgos, las mismas prendas en el Tawantinsuyu. Sin embargo, las diferencias de estatus eran marcadas por los materiales, es decir, los tipos de fibras y los tintes que se usaban en la creación de las telas. Por ejemplo, la investigación arqueológica de tejidos en la costa Pacífica de los Andes ha demostrado que las momias de los miembros de la élite se enterraban con tejidos que utilizaban la grana cochinilla —importada de Mesoamérica— para crear el color rojo. Quienes pertenecían a niveles más bajos de la sociedad usaban tejidos rojos teñidos con pigmentos locales como el achiote.

Además de lo que simbolizaban las distintas prendas y materiales, la producción de textiles —sobretodo los más finos— era estrictamente controlada por el Estado. Los tejidos más finos se llamaban cumbi en quechua. Eran elaborados usualmente con hilos de algodón y vicuña que se tejían con una densidad altísima y terminados en todos los bordes, alcanzando un nivel de perfección que nunca se vio en la producción textil europea de la época. Los cumbi solamente podían ser creados por un grupo selecto de hombres y mujeres, que trabajaban en talleres estatales. Las mujeres que hacían parte de este grupo de “elegidas” eran llamadas acllas en quechua. Se cree que eran ellas las encargadas de crear los ejemplares más finos de cumbi para el Sapa Inka cerca de su residencia en Cusco, donde se ubicaba el centro de poder del Tawantinsuyu. Se cree que las condiciones bajo las que trabajaban estas mujeres eran relativamente similares a las de las monjas de clausura en los conventos católicos de la tradición europea occidental. 

 

Viajemos ahora hacia el norte, a Mesoamérica, en donde la cultura maya habitó durante más de dos milenios y brilló con luz propia. A ellos se les atribuye ser los creadores del lenguaje escrito americano, se caracterizaban por ser expertos en matemáticas, astronomía y arte.

Precisamente por este sistema de escritura, sabemos mucho de esta civilización y, aunque no todos sus misterios han sido descifrados, sí tenemos mucha información para analizarla desde la moda.

La historia de la vestimenta maya se remonta a los tiempos preclásicos (más o menos entre los años 1000 y 250 antes de la era común), cuando se fundaron los cimientos de esta civilización. Fue durante este tiempo que se estableció la estructura de clases sociales y se asimilaron por primera vez las enseñanzas religiosas. Con esto, se implantaron normas que incluían reservar ciertos tipos de ropa y ciertos colores solo para las personas de la nobleza y los miembros de la realeza. Estas costumbres también fueron seguidas por las civilizaciones posteriores, como los aztecas.

La civilización maya era una sociedad estratificada, había una élite y había plebeyos, aunque con el tiempo la estratificación fue más especializada y por ende más compleja. Las ciudades-estado conformaban el imperio donde había guerreros, campesinos, comerciantes, esclavos, obreros, religiosos, nobles. Por sobre ellos estaba el rey, de estatus semidivino. El heredero debía ser hombre, de su sangre, y el poder sólo recaía en manos de una mujer si no había heredero varón alguno. El crecimiento del heredero estaba surcado de ritos de iniciación y había entonces muchas ceremonias.

Mientras que la vestimenta de la clase obrera era sencilla y acompañada de accesorios de hueso o madera, la nobleza usaba atuendos con bordados de piedras o plumas según su jerarquía, acompañados de grandes cinturones, sandalias de cuero, todo tipo de orfebrería en oro o gemas y tocados con plumas. Las mujeres llevaban peinados bien elaborados, además de adornar sus cuerpos y pintarse la cara. No, no estamos hablando del Renacimiento Europeo, estamos hablando del 600 a.C. y al otro lado del Atlántico.

Los hombres también querían denotar su jerarquía vistiendo turbantes con adornos cubiertos de colores, plumas, pieles e incluso piedras preciosas dependiendo de su jerarquía. La figura del penacho, reconocido ampliamente en la percepción pública, fue símbolo de poderío religioso, militar y de nobleza.

El penacho de plumas era usado exclusivamente por aquellos que ocupaban los escalones más altos de la pirámide social maya. Los colores que predominan son el rojo, que lleva plumas de guacamaya, que evoca la energía solar y el verde que se elaboraba con plumas de quetzal y se asociaba con el poder de los gobernantes. En ese sentido, es importante recordar que aztecas, tlaxcaltecas, purépechas y mayas hicieron de las plumas, junto con el jade y los metales preciosos, materiales imprescindibles en la representación y en la significación del pensamiento prehispánico. Y en la región andina las plumas también fueron uno de los elementos más representativos del lujo en las artes textiles, por lo que su uso seguramente estuvo limitado a quienes estaban en el poder.

Volviendo a Mesoamérica, cada evento cultural de los mayas requería su propio traje, entonces no es que hubiera un solo traje maya sino varios: uno distinto para cada ocasión. Así, había trajes de guerra, trajes de baile, ropa de todos los días y ropa deportiva. Otra de las características en los hombres mayas, era que llevaban la piel pintada de negro hasta casarse.

Un símbolo de belleza dentro de la cultura maya fue la deformación craneal y el estrabismo visual, ambos generados desde la niñez.

Los trajes cobraban otro giro cuando se trataba de alguna ceremonia. Éstas giraban en torno a solicitar favores a los dioses, buenas cosechas, por ejemplo, y se hacían con regularidad según el ciclo lunar. Así, la vestimenta era decorada con elementos que simbolizaban prosperidad, como, por ejemplo, las fechas de las cosechas o episodios que debían conmemorarse de las vidas de los ancestros.

Era entonces cuando aparecían las plumas de colores, las mejores piedras preciosas, las mejores prendas de todas. La ropa de sacerdotes incluía una cola repleta de plumas, adornos que producían ruidos al moverse, como pulseras y sonajeros o imponentes cetros; la imagen era bastante intimidante. Éste era sin duda el momento para que el poder de las familias se expresara en la ropa.

Se utilizaban pigmentos naturales, colorantes vegetales, para teñir las prendas textiles. Los colores que más se imponían eran el amarillo y el azul: el amarillo representaba el color de la serpiente, el maíz y sus derivados, y el azul era el color de los dioses y el agua. Los textiles mayas eran una maravilla y todo lo textil se consideraba una ofrenda de la diosa Ixchel, y las mujeres habían recibido el talento de realizar tejidos, por ello los símbolos bordados en la vestimenta maya poseían un significado bendito. Las mujeres eran entonces las hiladoras y bordadoras por excelencia.

De esta manera, la cultura maya, configuró en sus vestidos una huella que los diferenció del resto de las culturas mesoamericanas.

Para un pueblo cuyo uno de sus pilares era la guerra, se preparaban y adornaban muy bien para ir a esta. Usaban pieles de animales, hojas gruesas junto a telas de algodón para así realizar trajes protectores que los defendieran y les dieran una mejor movilidad a la hora del combate. Comúnmente a sus escudos —que por lo general eran enormes— los solían adornar con cuero de animales fuertes y plumas muy llamativas, también como muestra de poder.

Si bien todas estas decoraciones constituyen la base de la vestimenta maya, los textiles no fueron menos importantes en la comunicación de información social. Además, fueron usados como medida de intercambio en la dinámica económica mesoamericana en forma de mantas de algodón, llamadas quachtli. Los textiles circulaban en tres canales de distribución: el intercambio local, el intercambio foráneo y el tributo. Dentro de este último los textiles fueron sumamente importantes. Muchos bienes eran pedidos en tributo, pero los textiles fueron por mucho el bien más solicitado.

Entre los aztecas, que habitaron lo que hoy conocemos como el golfo de México y hasta el centro de la nación, la guerra y el estatus de los hombres como guerreros también fue una parte esencial en la constitución del vestuario. Esto se debió, muy probablemente, a que los aztecas fueron una cultura nómada que solamente logró consolidarse hasta después de la caída de los toltecas (hacia el año 1150 de la era común), gracias a sus violentas conquistas de otros pueblos que habitaban Mesoamérica. Los aztecas veían en el pasado tolteca la epítome de la creación artística y la proeza en la guerra entonces, por esto, era súper importante para los gobernantes aztecas demostrar su descendencia de líneas venerables de guerreros toltecas.

¡Y para esto usaban el vestido! La ropa de los gobernantes era particularmente importante para demostrar su ascendencia y destreza en la guerra. Los diseños en las mantas que usaban los gobernantes funcionaban como una especie de escudo de armas que indicaba la historia familiar de quienes dirigían la sociedad azteca. Además, cada uno de los motivos que componían los patrones impresos con la técnica de batik —más conocida por su nombre en inglés de tie dye— tenían significados simbólicos que también comunicaban el estatus de quien la usaba. Así, las combinaciones de diamantes y círculos, por ejemplo, organizadas para imitar los patrones naturales que se observan también en las pieles de cocodrilos y serpientes, posiblemente comunicaban la presencia de dioses como Quetzalcoatl, la serpiente emplumada que creó a los aztecas según su mitología, o Coatlicue, la miedosa diosa de la fertilidad y madre de la tierra, caracterizada por llevar una falda de serpientes.

No es de sorprender, entonces, que fueran precisamente los aztecas nobles quienes podían llevar estas capas con estos patrones “reptilescos”. Pero como en el caso de los inkas, los colores y las fibras también tenían significados muy particulares, que además estaban conectados directamente con el estatus de quienes, en teoría, podían usarlos. Y es que entre los aztecas —igual que en muchas de las sociedades occidentales de la modernidad temprana— existieron estrictas reglas conocidas como “leyes suntuarias”, que indicaban cómo podían o debían vestirse las personas de acuerdo con el lugar que ocupaban en la sociedad. Éstas decían, por ejemplo, que las personas de las clases más bajas debían vestir prendas tejidas con fibra de maguey o yuca en lugar del algodón reservado para las clases más altas. Además, los tipos de decoración y los colores que podían usar los distintos “estratos” (por así decirlo) de la sociedad eran indicados muy detalladamente. El índigo y la cochinilla, así como las plumas, por ejemplo, solían estar reservados a la nobleza y los guerreros más ávidos. ¡Hasta la forma en que se ataban los mantos y las sandalias estaban reguladas por las leyes suntuarias!

Pero si hay algo que nos ha enseñado la historia es que las leyes suntuarias existían precisamente porque la gente no las cumplía; eran más un reflejo del orden perfecto que querían alcanzar quienes las imponían, más no una muestra de la verdadera estratificación de la sociedad. Eso sin contar que, entre los aztecas, la movilidad social era relativamente fácil de lograr, pues la destreza en la guerra podía ayudar a los hombres a ascender de estatus—¡o perderlo! Así, alguien que nacía en la esclavitud podía ganar su libertad demostrando su habilidad como guerrero y quienes perdían en las batallas podían, en cuestión de horas, convertirse en esclavos.

Todas las dinámicas que hemos descrito hoy claramente requerían de una alta habilidad de los productores. A pesar de que los textiles raramente se conservan en el registro arqueológico en las américas, podemos imaginarnos gracias a las fuentes históricas las finas piezas que los artesanos elaboraban. Resulta de gran admiración que incluso algunas técnicas y diseños prehispánicos se sigan usando en la producción textil actual. Esto nos indica el gran valor cultural que los textiles tenían en los grupos mesoamericanos prehispánicos, valor que algunos grupos hasta el día de hoy luchan por preservar.

Ciertos bienes culturales poseen un valor que trasciende las fronteras políticas y culturales; son testimonio de los logros de épocas pasadas y de la capacidad del ser humano de plasmar en un objeto la identidad de su grupo y el sentimiento de una época. Dichos objetos llevan la huella particular de su cultura originaria, pero también están impregnados de la historia de aquellos encuentros de civilizaciones que derivaron en la riqueza artística del mundo contemporáneo.

De aquí la importancia de preservar esas historias bordadas y tejidas y no sacarlas de los contextos en que fueron creadas. Bueno, y más que preservar las piezas textiles, creo que es importantísimo que nos esforcemos por conocer su historia y difundirla. ¡Y para eso necesitamos también del público interesado y receptivo!

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